CETERIS PARIBUS
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EIKO


Toni Ros


La niñera llega al dúplex de los Andatxaga una mañana sombría de abril. Por todo equipaje, una mochila chica. El gesto, entre la inocencia de la primera juventud y la picardía de los olvidados.


De apariencia frágil, su paciencia es superior a la tozudez de Aitor. No sin resistencia, consigue quitarle la costumbre de gatear a cuatro patas con el culo al aire cual chanchito. A cambio, se gana su resentimiento. Bueno es el niño, corpulento y cabezón, para que le lleven la contraria.


En seguida, la muchacha atrae la atención del padre, Rafael, apodado el toro por la cuadrilla y cuya mente calenturienta se excita a la vista de bananas. Muñiz llena el frutero cuando quiere sacarlo de sus casillas o si, por azar, le entraron ganas ganas de fiesta.


Eiko —Este mediodía, mientras dormía al nano en la cuna, se sentó en la cama a mi espalda y me metió el dedo por la bombacha.

Susana —¿Qué le dijiste?

Eiko —Nada. La cara me ardía.

Susana —¿Te vas a ir?

Eiko —Adónde querés que vaya sin papeles.

Susana —Harás algo...

Eiko —Esquivarlo. No hay de otra.

Susana —Migdalia te detesta. Desde que llegaste apenitas se fija en ella.

Eiko —Mirá vos, suerte la suya.

. . .

En la planta de abajo, el sol ilumina la galería. Susana, en la mecedora, se deja envolver por el perfume de la glicinia mientras resbala la mirada por la cortina añil. De pronto, los berridos de Aitor y la voz destemplada de Viviana la sacan de su ensueño. La madre de Rafael padece neuralgias migrañosas. Se mantiene en un precario equilibrio gracias a los supositorios de codeína y a los masajes de Sigfrido.


Viviana —Susana, suba a ver qué le hacen al niño.


Arriba, Aitor, tirado cuan largo es en el sofá, pega puñadas a un muñeco sin cabeza. Eiko, de rodillas ante él con la coleta deshecha, se restriega lo que parece ser tomate de la frente.


Susana — ¿Dónde está Migdalia?

Eiko — Se despidió.

Susana — ¿Así nomás?

Eiko — Aitor le arrojó el zumo a los ojos. Dijo que a ella no le dejaba ciega un cagoncillo, como a Phil.

Eiko — ¿Perdió la vista?a regresó de las vacaciones.

Eiko —¿Perdió la vista?

Susana — Mujer, estaba exagerando. Me lo llevo abajo un rato.

Aitor — ¡Gueco!


La abuela, la única capaz de cortarle las rabietas, bisbisa al oído de Aitor. Sus palabras parecen amansarlo. Mientras fue bebé, se mantuvo a una distancia prudente del niño. Desde que empezó a balbucear, ha hallado en él al oyente ideal. Al ratito vuelve a las puñadas sobre el muñeco mutilado. Su abuela lo observa con sonrisa enigmática.


Viviana — La misma mala leche de su padre.


A las dos aparece Rafael y, a regañadientes, accede a ocuparse del chamaco. Lueguito luego, enfrascado en el móvil se olvida de Aitor, quien en cuestión de segundos manotea tres floreros. Después de comer, Muñiz descubre las rosas en la basura y sin mediar pregunta, la emprende a los gritos con Eiko.


Rafael — Fue Aitor, cariño.

Muñiz — ¿Qué hacía el niño en el salón de fumar?

Rafael — Estaba conmigo, pues.

Muñiz — Vaya, para una vez que lo cuidas me destruye las flores.

Viviana — Es un niño hiperactivo. Sale a Rafael.

Rafael — Mamá, por favor...

Muñiz — Comofuera. Lo aprendió de ella. Ya el primer día rompió un jarrón.

Rafael — La chica no tuvo nada que ver, cari.

Muñiz — ¡Encima la defiendes!


Para evitar una bronca mayor, Rafael consiente en restar rosas y floreros del sueldo de Eiko. Muñiz se marcha a la calle dando un portazo.

. . .

Después de parir, Muñiz entró en un estado depresivo del que se recupera a rachas. Muestra una oscura aversión hacia Aitor y lleva vida de soltera: entre paseos y amigas, gimnasio y tratamientos de belleza echa el día. Para alivio de todos, asoma por casa a comer y a dormir. Recién se empezó a aficionar a los masajes de Sigfrido y a los supositorios de su suegra. Pero si en Viviana surten un efecto relajante, en Muñiz ahondan su natural estupor.

Luego de tomar el café con Teresa, Muñiz vuelve y se encierra a echar la siesta. Al final del pasillo, Aitor por fin se duerme. Eiko se sienta en las rodillas de Rafael al tiempo que se apodera de los billetes que le tiende. Las manos velludas apresan sus pechos indefensos. Con experta lentitud bajan hacia las breves caderas. Los dedos hurgan entre los muslos y, sin mayor ceremonia, termina por sodomizarla mientras le musita mentiras al oído.

. . .

En el parque, Eiko espanta a las palomas con ademán cansado y le alarga una pelota a Aitor para distraerlo de la última rabieta. Tras insistir en que le empujara fuerte en los columpios, baja mareado y vomita la merienda. Cuando se recupera, intenta robarle la banana a Vanessa. Ante su resistencia, Aitor le muerde el brazo. En respuesta, Vanessa le manda una cachetada. Entre chillidos y patadas, Eiko logra separarlos. Furioso, Aitor lanza puñados de arena bien a ella, ora a las palomas.


Susana — ¿Qúe hubo?

Eiko — Aquí.

Susana — Te habrá dado la tarde.

Eiko — Un poco. Vanessa le llama terrorista, al pobre...

Susana — Pobre de ti. Tú mejor te defiendes o acaba contigo.

Eiko — Ya te vas.

Susana — Sí, hasta mañana.

. . .

Aitor lanza misiles desde un extremo del pasillo. En la otra punta, de rodillas junto al agujero al piso inferior, Eiko los intercepta como puede.


Aitor — ¡Dame el gojo, chica!

Eiko — ¿El rojo? No lo veo, Aitor.

Aitor — ¡La escalega, tonta!


Eiko estira un brazo hacia el misil y Aitor, sin titubear, arremete contra ella. De un empellón la manda a rodar por las escaleras. La fuerza del empuje es tal que poco le falta para caer tras ella al niño. Su alarido de triunfo se mezcla a los tumbos del cuerpo contra los peldaños.


Viviana — ¡El niño, el niño!

...

Viviana — Ah, ¿eres tú?

...

Viviana — Si serás estúpida. ¿En la selva no hay escaleras?

...

Viviana — Por dios, di algo muchacha.

...

Viviana — ¡Reacciona!


Eiko, complaciente, intenta incorporarse. Con el esfuerzo el cuello se le termina de romper. El tronco, vencido por el peso de la cabeza, retorna a la postura yacente.

Viviana se desahoga a las voces con el muchacho de la agencia.


Viviana — Un accidente, le repito. ¡Haga el favor de llamarme a una ambulancia!

...

Viviana — Y una suplente de inmediato. Sin niñera no podemos estar.

...

Viviana — ¡Claro que hoy! ¿Y qué pasa con la doméstica?

...

Viviana — No sabía, ahora ya lo sabe. ¡Unas informales todas ellas! A la primera de cambio, te dejan en banda.

...

Viviana — Bueno, bueno, no se explaye. ¡Las quiero a las dos esta misma tarde!

...

Viviana — Si no me gustan ya habrá tiempo de cambiarlas. ¡No me diga lo que tengo que hacer!

...

Viviana — También un au-pair. El último se nos fue sin decir adiós.

...

Viviana — Mándeme varios para elegir.

...

Viviana — Usted lo ha dicho. Esos ingleses no aguantan nada. Y el perjudicado es mi nieto.

...

Viviana — Ah, consígale una secretaria a mi nuera. ¡Estoy harta de prestarle a Susana!

...

Viviana — Niñera y doméstica lo primero. ¡Hoy mismo!

...

Viviana — La ambulancia también. Todo es urgente, caballerito. Si no, no estaría aquí perdiendo el tiempo con usted.


Acaba de caer la noche cuando tocan a la puerta. Es Shaila, una mochila a la espalda y el candor en la sonrisa.

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